sábado, 14 de diciembre de 2013

Política y cooperativas 3° Parte



La continuación de Cooperación y política 2° parte, ingresa en este blog como Política y Cooperativas 3° Parte en el epígrafe,   desarrollando la inversión de la prueba  para mostrar sin cortapisas la realidad del movimiento cooperativo; porque bueno es saber que no es  oro todo lo que reluce; el movimiento cooperativo se ha nutrido siempre de gente y ella es como es, a pesar de los principios que lleva implícito el cooperativismo.
Es el individuo en función de cooperativista quien promueve sus dirigentes  y algunos responden Per Sé cuando y como lo hace, y eso lleva a contemplar el espectro político que luego muestra a la sociedad con la diversidad que le dio origen con sus pros y sus contras.
Decíamos en los dos capítulos anteriores lo que debería hacer el dirigente cooperativo para desarrollar el movimiento, y hablábamos de la necesidad de  incursionar en la política para colaborar en la difusión de las ideas que pregona el cooperativismo, como mecanismo para expandir sus  objetivos tratando de involucrar a la sociedad para  contribuir a modificar la realidad,  a través de sujetos colectivos y solidarios.
Pero la política tiene dos niveles, lo global y lo local, que no deben confundirse  entre sí, por los daños que pueden causar dentro del movimiento cooperativo.
Una cosa son las políticas del movimiento intrínsecas y claras, para conducir o expandir el movimiento mostrando las virtudes conducentes para  mejorar las condiciones de vida de quienes lo integran, y por fiel reflejo al conjunto de la sociedad volcando el interés colectivo que irradie  su incidencia  global.
La otra cosa es cuando el dirigente  cooperativo  puesto en función política es advenedizo y mezcla los tantos pretendiendo incorporar la cara política a su manera como “trepador de ella”  para  actuar en lo individual, introduciendo el aspecto pernicioso de políticas partidarias en el acto social  condicionando la vida  de la cooperativa, en la búsqueda de generar espacios que le permitan escalar posiciones favorables en su quehacer político  partidista a expensas de la cooperativa, y porque no,  lo catapulte además a través de ella al movimiento cooperativo  en su conjunto.
Craso enjuague de quienes lo hacen pero como dice el refrán: no creo en las brujas, pero de que las hay las hay y son  muchas, que pescan a río revuelto  con la caña y la línea durmiendo en la cama con esos enseres, para no perder tiempo cuando llegue el momento propicio.
El cooperativismo siempre tuvo principios desde el mismo momento que nace  al decidir que el esfuerzo por construirlo como movimiento  debía ser  colectivo y tener conciencia de ello.
No siempre el agua derramada tiene que estar sucia, depende de cómo y donde cae porque puede  llevar implícita la intención y el color del cristal con que se mira.
Los exegetas del purismo dialéctico confunden en la mayoría de los casos la verdadera esencia  del actuar cooperativo y sus principios rectores, partiendo de la base de ignorar el verbo colectivo y el contenido que lleva implícito la calidad esencial del conjunto del movimiento dinámico que lo integra; verbigracia, nunca el individualismo en la acción y la dirección  puede ser llamado cooperativo.
Esto hace que al no tenerlo presente como verbo desvirtúan la naturaleza del conjunto al reemplazar el interés común por la voluntad sustantiva del individuo.
Estas deformaciones llevan en la práctica  la anulación del órgano principal de gobierno de las entidades que hacen de la integración el eje conductor de su vigencia trastocando el medio por el fin, casi siempre justificándolo en la falta de participación del colectivo en vez de alentarla.
De allí deviene la perdida principal del sentido de pertenencia de los adherentes al sistema terminando en el cambio práctico  del nosotros general por el yo del propio criterio.
Sucede a veces que el cambio urgente de los acontecimientos lleva a abandonar la impronta de sustituir lo importante  por lo perentorio haciéndole mucho mal a las entidades, por lo tanto se hace indispensable respetar los estatutos y el respectivo orden de responsabilidades que le competen a aquellos consejeros que asumen el deber de velar por los intereses asociativos.
La importancia y el respeto por la educación cooperativa debe ser la base de sustento del modelo cooperativo en todas sus instancias, so pena de que se lleve por mal camino a las cooperativas, provocando el desprestigio de entidades que deben ser rectoras por su conducta dentro de la sociedad como ejemplo de lo que significa el trabajo colectivo sin fines de lucro.
Segundo Camuratti 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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