El tiempo no pasa en vano y en su transcurso,
muchos acontecimientos han sucedido y se modificaron distintas conductas en el
desempeño y el crecimiento del movimiento cooperativo para mejor en nuestro
país, pero de la misma manera debemos lamentar que el agiornamento que se dio
en muchos niveles, no haya alcanzado para trasladar el interés por el tema político
y transferirlo como debería haberse hecho al sujeto, dirigente e integrante de
la sociedad, por eso decimos que el motivo sigue vigente.
Justo es de entender, que la prédica constante
de la condena hacia lo político en las entidades cooperativas por aquellos que
quisieron encasillar a las cooperativas como entes amorfos e insulsos ausentes
del sentir y las necesidades de la gente, (pretendiendo despojarla de su
capacidad de acción y reflexión), dejara sus huellas en la buena fe del
imaginario colectivo de los cooperadores; de allí que nos encontremos que en
los órganos de gobierno formadores de leyes, los dirigentes cooperativos
prácticamente sean muy pocos y por lo tanto brillan por su ausencia, y eso
incide cuando se tratan en el parlamento leyes necesarias para el movimiento o
aquellas que afectan al sector cooperativo, costando mucho tiempo y esfuerzo el
aprobarlas o removerlas.
Es por eso que hoy aún nos preguntamos hasta
donde deben mantenerse alejados en la actualidad del quehacer político propiamente
dicho los dirigentes cooperativistas.
Si tenemos en cuenta que en sociedades como la
nuestra, en que la política en función de gobierno constituye el elemento de
dirección de la actividad nacional, cuando en la acción política se resuelven
las prioridades nacionales tales como las orientaciones del desarrollo y las
formas y montos de la distribución de la riqueza nacional a través de los
presupuestos, se defiende o se entrega la soberanía y en definitiva se generan
las leyes que en última instancia constituyen las reglas para el juego social,
es simplemente absurdo que los dirigentes cooperativistas como sujetos
sociales, se marginen de la participación política, demostrando una aparente
indiferencia que lo único que consigue es que sectores que no ven con buenos
ojos al cooperativismo, o aquellos definidos como anticooperativos abarquen más
terreno y ganen mejores posiciones.
Entendemos que para bien del movimiento
cooperativo y, en esta instancia, sería lógico y necesario en las actuales
circunstancias, que esos dirigentes con libertad de conciencia, se enrolen en
partidos cuyos programas sean afines a los postulados cooperativos y militen en
ellos, y si logran ser propuestos como candidatos y son electos, actúen sin
temor levantando bien alta la bandera del hecho político institucional y el
significado que este tiene dentro del esquema solidario del acto cooperativo.
Sería anacrónico el pensar con mentalidad colonial en pleno siglo XXl, que ese dirigente cooperativo, hoy integrante del Consejo de Administración de una cooperativa, deba perder el legítimo derecho que como ciudadano le corresponde, de actuar con su presencia y sus ideas políticas.
Sería anacrónico el pensar con mentalidad colonial en pleno siglo XXl, que ese dirigente cooperativo, hoy integrante del Consejo de Administración de una cooperativa, deba perder el legítimo derecho que como ciudadano le corresponde, de actuar con su presencia y sus ideas políticas.
Segundo Camuratti (sigue como Política y cooperativa 3°
Parte)
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