En el transcurso de las
distintas etapas que le tocó asumir en el país al cooperativismo durante el siglo
pasado, debió soportar el acoso y la denuncia de parte de los sectores del
privilegio que las cooperativas hacían
política, y eso nunca pudieron asumirlo a pesar de las virtudes demostradas por
ellas.
Fue precisamente el cooperativismo de créditos
quien en mayor medida irritó los ánimos de esos actores, porque supo encausar
sus necesidades en las reivindicaciones y la defensa de un sector social que
habría perspectivas concretas, sobre la capacidad que el hombre común tiene
para acompañar y dirigir los procesos populares.
No cabía ninguna duda que este desafío hería
los intereses de los grupos económicos é ideológicos, que habían hecho del
manejo del dinero y su incidencia en la economía un instrumento propio y
exclusivo para regular a su antojo el bienestar de grupos sociales que ahora
entraban a disputar sus intereses.
El arma que pretendieron utilizar fue la misma que siempre les servía para combatir a aquellos que cuestionaron su primacía: el ataque artero, no sobre el centro de la cuestión, sino recurriendo al atajo que creían sería el mas vulnerable, el factor político, logrando instalar incluso dentro del mismo estamento cooperativo, resabios de sentimientos adversos a admitir que las cooperativas al funcionar generaban políticas.
El arma que pretendieron utilizar fue la misma que siempre les servía para combatir a aquellos que cuestionaron su primacía: el ataque artero, no sobre el centro de la cuestión, sino recurriendo al atajo que creían sería el mas vulnerable, el factor político, logrando instalar incluso dentro del mismo estamento cooperativo, resabios de sentimientos adversos a admitir que las cooperativas al funcionar generaban políticas.
Lo que sucedía no era casual, de la misma
manera que no lo fueron las dos dictaduras que subvirtieron el orden
institucional del país durante muchos años, porque si hilamos fino nos vamos a
encontrar que representaban a los mismos intereses.
Pero allí fallaron, toda actividad económica, social y porqué no cultural tiene un costado político, quien lo niegue miente tratando de confundir la opinión pública precisamente con argumentos que también de por si poseen una alta dosis de política en defensa de intereses particulares.
Pero allí fallaron, toda actividad económica, social y porqué no cultural tiene un costado político, quien lo niegue miente tratando de confundir la opinión pública precisamente con argumentos que también de por si poseen una alta dosis de política en defensa de intereses particulares.
El tiempo como testigo se encargó de demostrar
con claridad el fin perseguido por quienes atacaron en distintas etapas al
cooperativismo de créditos: en algo tenían razón cuando lo decían, el problema
sí era político, el quid de la cuestión pasaba por tratar de impedir que
sectores populares organizados en cooperativas fuesen los encargados de
orientar el destino y una buena parte de los fondos generados por el ahorro
nacional administrándolo en función del crédito, y cual debería ser el sector
social que habría de recibir ese aporte.
En 1995 la Alianza Cooperativa
Internacional modifica el 5º articulo de los principios cooperativos y plantea
en el artículo 4º la “Independencia política”, que a pesar del tiempo
transcurrido no vulnera el criterio anterior sobre lo que en su momento fuera
“Neutralidad política y religiosa”; la Alianza no dice no a la palabra “política” porque
interpreta el significado justo de lo que quiere decir la misma, asumiendo la
palabra en su forma global y no en su esencia local que podría devenir como
partidismo, confundiendo a la opinión pública.
Segundo
Camuratti (sigue)
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