Cuando tenemos que hablar sobre la cooperación, nada mejor que examinar de donde surgieron los elementos propios que le fueron dando vida, y la ubicaron dentro de la sociedad con la presencia que hoy tiene y las distintas corrientes que la componen.
Estos diferentes enfoques o lectura de la doctrina cooperativa es ideológico y se manifiesta luego en la actividad de la cooperativa como tal. Por lo tanto, todo análisis que se intente hacer sobre la cooperativa debe tener un alto índice de subjetividad.
Al pretender introducirnos hoy en la problemática que nos incumbe hablando como cooperativistas, lo primero que tenemos que definir analizando, es que entendemos por cooperativismo, si conocemos e interpretamos los valores que le dan vida a sus principios.
Nos parece oportuno y conveniente si coincidimos en ese contexto, que dediquemos tiempo a reflexionar acerca de si los principios y la doctrina cooperativa tienen aún vigencia, pues si nos atenemos a los propagandistas del pensamiento único, el desarrollo cultural, social y económico alcanzado por la sociedad actual -fundamentado en el capitalismo neoliberal vigente casi a nivel mundial-, la humanidad habría alcanzado su horizonte y se proyecta sin oposición ni resistencia.
Entendemos que corresponde a los cooperadores, en primera instancia, hacer un relevamiento preciso sobre la aplicación de los principios cooperativos y si son tenidos en cuenta para que esos valores universales se expresen en la acción de entidades que tienen una sola premisa: el servicio en beneficio de las personas, sujetos esenciales de la cooperativa.
El idioma universal que lleva implícito el sello de la solidaridad a través de las empresas de economía social, nos va diciendo con franqueza -porque no puede hacerlo de otro modo- que cuando se elaboran objetivos concretos en las cooperativas, los avances que se producen obedecen solo cuando se realiza una correcta aplicación de los principios cooperativos.
Estos diferentes enfoques o lectura de la doctrina cooperativa es ideológico y se manifiesta luego en la actividad de la cooperativa como tal. Por lo tanto, todo análisis que se intente hacer sobre la cooperativa debe tener un alto índice de subjetividad.
Al pretender introducirnos hoy en la problemática que nos incumbe hablando como cooperativistas, lo primero que tenemos que definir analizando, es que entendemos por cooperativismo, si conocemos e interpretamos los valores que le dan vida a sus principios.
Nos parece oportuno y conveniente si coincidimos en ese contexto, que dediquemos tiempo a reflexionar acerca de si los principios y la doctrina cooperativa tienen aún vigencia, pues si nos atenemos a los propagandistas del pensamiento único, el desarrollo cultural, social y económico alcanzado por la sociedad actual -fundamentado en el capitalismo neoliberal vigente casi a nivel mundial-, la humanidad habría alcanzado su horizonte y se proyecta sin oposición ni resistencia.
Entendemos que corresponde a los cooperadores, en primera instancia, hacer un relevamiento preciso sobre la aplicación de los principios cooperativos y si son tenidos en cuenta para que esos valores universales se expresen en la acción de entidades que tienen una sola premisa: el servicio en beneficio de las personas, sujetos esenciales de la cooperativa.
El idioma universal que lleva implícito el sello de la solidaridad a través de las empresas de economía social, nos va diciendo con franqueza -porque no puede hacerlo de otro modo- que cuando se elaboran objetivos concretos en las cooperativas, los avances que se producen obedecen solo cuando se realiza una correcta aplicación de los principios cooperativos.
Aquí es bueno recordar algunas cosas, porque a veces notamos que la realidad es otra, inmersas en el mundo capitalista, - reflejo del régimen dominante en la mayor parte del planeta - muchas cooperativas han tomado el camino de la adaptación al sistema, incluyendo en su labor cotidiana los vicios y los males de las entidades capitalistas.
Si así sucede, se estaría fallando en la lectura e interpretación de lo que antes decíamos que debería hacerse, equivocando el camino y adoptando maneras de actuar que no se ajustan al pensamiento subjetivo implícito en la gestión cooperativa. La disyuntiva sigue existiendo aún hoy entre lo que significa – si bien puede aparecer como un juego de palabras – la cooperativa empresa o la empresa cooperativa, partiendo de la base de dónde empieza y cómo termina la función.
Son dos modelos distintos de entidades que no responden a la misma intención. Por un lado, está la cooperativa empresa, estructurada como un fin en sí mismo, confundiendo al sujeto con el objeto, adaptándose al sistema dominante, constituyéndose en empresa económica al estilo capitalista, olvidando al sujeto social que es el asociado de la misma.
Por el otro, está la empresa cooperativa, respetuosa de los principios cooperativos, que tiene al asociado como el centro de sus servicios en la actividad y lo trata con equidad y solidaridad en su preocupación por los demás, trabajando junto a él para cambiar el modelo que lo perjudica, tratando de transformar la realidad, si esta realidad lo subyuga.
Queda claro que esta última es la que va a tener las mayores dificultades para actuar dentro del sistema capitalista que rige actualmente en la mayoría de los países, pero puede funcionar y ser exitosa, porque sin adaptarse al sistema se nutre del apoyo de los asociados trabajando para servir a ellos.
Sabido es que las cooperativas tienen que actuar en un marco legal que no les es favorable; por lo tanto, no es fácil desarrollar entidades de economía social con legislaciones o reglamentos que no las contemplan como tales. Pero, por duro que sea el diagnóstico, la propuesta debe ser la lucha y la reivindicación del movimiento para lograr leyes que la contemplen como entidades de la economía social sin fines de lucro, única herramienta en la defensa de los intereses de la mayoría de los cooperadores y un instrumento imprescindible para la construcción de una sociedad que privilegie la ayuda mutua, la solidaridad y la equidad distributiva.
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