Explayándonos
con sinceridad y sin ponernos colorados por no
haber analizado previamente en profundidad que es lo que nos está
pasando como individuos, debemos
reflexionar porque de muchos años a esta parte no estuvimos cumpliendo
el papel que nos corresponde dentro de la sociedad cuando hablamos sobre
cooperativismo.
Acometemos
desde tiempos á un desanimo respecto a la
responsabilidad civil que nos compete como ciudadanos apartándonos del interés
común de lo que significa la sociedad
como nudo gordiano del hábitat social.
No razonamos lo que vulgarmente decimos al expresar
opiniones para reflejar lo que
sentimos, cuando decimos como excusa baladí por la situación que atravesamos
muy sueltos de cuerpo: tenemos el gobierno que nos merecemos.
Pero lo peor es que estamos convencidos de que eso es así olvidando que las
leyes nos otorga derechos y de la misma manera, también nos obliga con deberes que a veces no cumplimos haciendo la vista gorda y así nos va.
El movimiento cooperativo se nutre de gente que necesita
compartir proyectos colectivos,
porque solo no puede resolver sus problemas pero esa persona es como es, pero
cuando se instala allí y a pesar de los principios que puede llevar implícito ese supuesto ser es el mismo, que luego en
función de cooperativista pretende
actuar de manera individual para
promoverse a ser su propio dirigente.
Este
análisis que hacemos es válido para el
movimiento cooperativo argentino como
se ve en su andar la situación que
vive en el ámbito de la cooperación en su estructura funcional; esto nos
habilita para conocer porque por una parte existe la inserción política de la
dirigencia en ella sin darse cuenta que el cooperativismo es también política
pero de alto nivel en lo económico y social; pero luego en calidad de dirigente
cambia los roles y pretende introducir
en la cooperativa teorías políticas partidistas para beneficio propio,
desvirtúa por sus necesidades la naturaleza del conjunto colectivo reemplazando el interés común por la
voluntad sustantiva del individuo,
usando la cooperativa para sus propios intereses.
Esto dicho
vulgar y hábilmente en Argentina es como la verdad de la milanesa, tirar la piedra y esconder la mano diciendo
luego muy tranquilo yo no lo hice.
Pero como no nos interesa desvirtuar la política como
herramienta social y económica de la
sociedad, decimos que verdaderamente el cooperativista no debería nunca
ser apolítico porque las ideas son las que hacen progresar a la
humanidad en la búsqueda de su libertad social y económica, pero además debemos
ser concientes que las cooperativas no deben ser empresas sociales vinculándolas luego para ser dependientes a la voluntad de los partidos políticos sean
cuales sean.
Tampoco queremos pecar de pesimistas haciendo
comentarios alarmistas pero no podemos negar la realidad que vivimos en esta
etapa de la vida del país sobre el movimiento cooperativo, que a colmado una
década de parálisis e inacción que impiden el avance de su calidad intrínseca, quizás no de la labor que desarrolla
como empresa, pero si de la concepción de su esencia como núcleo humano
transformador.
El movimiento cooperativo se nutre de gente que pretende compartir un proyecto colectivo
porque solo no puede resolver sus problemas y esa persona es como es; a pesar
de los principios que lleva implícito
ese supuesto ser es el mismo individuo que en función de cooperativista pero luego actúa cuando promueve
dirigentes de su mismo palo político para hacer política partidista en
la cooperativa y eso no es bueno.
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