Es muy común desde el decir
popular sobre la vocación exhibida por personas, “nació para ser tal o cual
cosa”, apuesta remanida para calificar la actitud de aquellos que consiguieron
instalarse en el candelero de los éxitos al cumplir con determinada función.
Pero en el examen que se
puede hacer de la historia arrancando de muy lejos en el tiempo, la realidad
nos marca concretamente que la cooperación nació de muchos factores como una
concepción para cambiar el sistema de vida resolviendo necesidades de sectores
importantes de la sociedad.
Desde el socialismo utópico
al día de hoy, pasando a través de Owen, Saint Simón, Fourier y la Sociedad
Equitativa de los Pioneros de Rochdale, el camino recorrido por el
cooperativismo en nuestro país y todo lo transcurrido con posibilidades ciertas
de aplicación y funcionamiento, se dieron en aras de proyectos devenidos para
resolver necesidades propias de sectores importantes a través de organismos
colectivos y desarrollados en la medida que la intención y la experiencia
recogida en el hacer, (trasmitida muchas veces de generación en generación)
fuese marcando el camino a seguir.
En el transcurso de los
acontecimientos se establecieron normas que luego transformadas y fijadas como
principios decían lo que se debía hacer y como se podrían llevar a cabo, y las
instrumentaron para que cumplieran esos fines sin trasgredir los códigos
propios que le imprimían los forjadores de las iniciativas.
Se fue generando sin
habérselo propuesto originariamente quienes lo impulsaban, un sistema
alternativo de economía solidaria enfrentada a la economía individual del
mercado lucrativo subyacente, que marcó por su trascendencia ganar espacio
dentro de las comunidades.
Es cierto y debemos tenerlo
en cuenta que todo lo sucedido no fue casual, hubo ideas concretas de lo que se
quería hacer.
En concurrencia, pudieron
establecer definitivamente esas ideas que las necesidades no pasaban solo por
resolver las penurias del individuo como tal, sino que el sistema tenía otras
carencias; estas eran poder incorporar a pleno al individuo socio de una
cooperativa que por sí actuaba como agente pasivo, al círculo del accionar
colectivo transformándolo en actor activo del proceso cooperativo.
Para ello no existía un
instrumento superior que la educación, teniendo presente que la educación era
el soporte indispensable para sustituir la ecuación del conocimiento practico a
través de lo didáctico referido a la esencia de la cooperación; allí comienza a
emerger la educación cooperativa como elemento necesario para acompañar los
procesos de desarrollo cooperativo encuadrados dentro de premisas concretas
afines con los postulados de un servicio solidario.
Convencidos que el
cooperativismo debía cumplir con una función transformadora en la manera de
pensar de la sociedad, al incorporar el acto solidario dentro de un andamiaje
colectivo influenciado por el origen individual de sus integrantes, debía de
tratar de encarrilarlo aceptando y respetando la diversidad plural de los
intervinientes en lo que llamaríamos la sociedad cooperativa, teniendo en
cuenta las distintas lecturas que se pueden hacer de la realidad de las
corrientes que se expresan en el espectro cooperativo, sin pretender
uniformarlos.
Justo es de entender cuando
hablamos de educación que esta debe ser la prioridad de un país que necesita
desarrollarse como Nación y por lo tanto debe ser responsabilidad del Estado
contribuir a su implantación desde lo público, admitiendo la participación de
otros sectores en las distintas especificidades que componen el entretejido
social y económico.
Segundo Camuratti
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